MIS MONTES

 

Hace años, una tarde soleada de otoño, bajamos  la  cuesta de la Alpédrega y delante de nosotros empezaron a desplegarse Los Montes de Toledo en esa amplísima panorámica que, desde ahí,  nos permite ver, a veces adivinar, su silueta  dibujada al contraluz del sol poniente  desde la Sierra del Castañar hasta el macizo del Rocigalgo

A mi lado mi hija, Noelia, apenas una adolescente entonces, que acababa de volver de una travesía en Pirineos,  absorta en  el espectáculo de luz y sombras que la caída del sol nos estaba regalando, dijo algo,  creo que para sí misma, que yo he recordado siempre y contado en numerosas ocasiones.

“Si…  Los Pirineos son grandiosos… Pero mis montes… mis montes son mis montes”

Aunque no cabe duda  de que el amor a su tierra estaba impreso  en el ADN de la frase, también es indudable que de alguna manera resumía en ella el encanto y la belleza de la tarde que terminaba y en la que el sol, bajando hacia Extremadura, silueteaba  esa sierra quizá humilde en comparación con los colosos del norte, pero llena de una belleza propia inigualable.

Pero ¿que son MIS  montes? Y me apropio el  posesivo porque llevo más de cincuenta años viviendo en ellos y porque soy extremeño y por ahí también me entra un cachito,   ya que como decía la Enciclopedia Álvarez aprendida de memoria en primaria  “la cordillera Oretana se llama también de Los Montes de Toledo porque se extiende por las provincias de Toledo, Ciudad Real y Cáceres”  Es curioso como los ciudadrealeños  quieren partir peras con la historia y ahora los llaman Montes Norte. Bueno, ellos sabrán.

Sería una temeridad pretender abarcar aquí todo lo que significa la historia, la etnografía, la geología o la biodiversidad de estas montañas antiguas, un día bajo el mar de Tetis,  y  a las que han  sometido a tortura tremendas fuerzas geológicas desde hace millones de años, como demuestran sinclinales, boquerones, hoces, crestas, rañas y  esas pedrizas cuarcíticas tan características y  que con tanta frecuencia atormentan los pies del caminante siempre dispuestas a marcar  la tibia del descuidado.  La Hoz de Carboneros, Peñafiel, Rocigalgo, el Chorro, Corral de Cantos, La Galinda, el Boquerón de Estena… son los nombres sonoros que jalonan lo más abrupto de los Montes de Toledo, curiosamente la parte  de ellos por las que más nos gusta caminar, y por cuya fiera belleza olvidamos las extensas rañas o las inacabables navas  que seguramente conforman la parte más extensa y sin duda la más rica de la comarca.

La biodiversidad, ese término moderno que no termina de convencerme,  tiene aún un claro refugio en los Montes de Toledo, y aunque carboneros, navieros,  constructores e incendiarios han esquilmado a lo largo de los siglos sus mejores bosques dejando la montaña al dominio abrumador  de la jara, aún se conservan, quizá por su escaso valor maderero, extensos bosques de roble melojo y quejigo, encinares y alcornocales y pequeños y entrañables refugios de acebos, alisos o tejos,  y todavía encontramos buenas manchas de enebros o madroños rojos adornando las zonas más húmedas de los suelos arenosos.

De esta biodiversidad parece ser que   forma parte una rica fauna de la que desgraciadamente los caminantes solemos disfrutar poco: Ciervos, corzos, jabalíes, ginetas,  venaos ¿de verdad hay que decir venados, amada RAE?, nutrias, águilas, buitres, culebras, víboras, lagartos, ranas, sapos, tritones o búhos reales o republicanos, están ahí.  ¡Hasta los linces, están ahí!   Pero las vallas, los cientos de kilómetros de  vallas que al final han conseguido poner puertas al campo, se apropian  también de la naturaleza y cada vez es más difícil gozar del espectáculo de un macho de ciervo a la carrera;  a lo que, desde luego, tampoco ayuda el alegre parloteo de los caminantes en grupo, muchas veces más interesados en contarse mutuamente sus vidas que en embeberse de verdad en el entorno.

Por estas viejas tierras van pasando y dejando su huella en el paisaje y la vida  colmeneros, golfines, cuadrilleros de antiguas  hermandades más o menos santas, carboneros, corcheros aceituneros altivos o no tanto, caleros, menestrales y  señores,  clérigos obispos y reyes disputándose su propiedad y sus parcas riquezas.  Los primitivos oretanos debieron de soportar, combatir, ceder y al final  adaptarse al señorío romano, a la rudeza goda o a  los eclécticos árabes, mestizándose con todos y sobreviviendo a todos,   aportando y recibiendo sangre y costumbres a través de los siglos desde Escipión al Corso o a los propios rifeños de la guerra civil.  La mezcla, con frecuencia violenta  pero en general pacífica, continúa hoy con los pueblos sudamericanos, saharianos o asiáticos que, poco a poco se entretejen en el entramado sociocultural de los Montes creando este caleidoscopio, este rico batiburrillo de gentes diversas que con más gozos que sombras, creo, enriquecieron y enriquecen los Montes de Toledo.

Senda es deudora de los Montes de Toledo, nació para conocerlos y para adentrarse en ellos y así consta en los primitivos  estatutos fundacionales.  Quizá pocos recuerdan ya que en los primeros tiempos las salidas a los Montes constituyeron casi el cien por cien de nuestra actividad.  Afortunadamente nos hemos abierto a otros montes y otras rutas que nos enriquecen y alegran;  pero hoy me gusta recordar que nuestras raíces están aquí al lado, en mis montes, en nuestros montes.

Por cierto, Quique llevó de forma impecable la magnífica marcha al Peñafiel del día 21, descubriendo rincones desconocidos hasta para los que nos jactamos de conocer. Felicidades, compañero.

Pacokabello

 

Francisco

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